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    Long time ago...

    ...tenía muchas expectativas en la profesión.
    ...creía en la objetividad.
    ...pensaba que el trabajo bien hecho daba sus frutos.
    ...que la cultura y el conocimiento abrían puertas.


    Y después de muchos palos, veo que me equivoco.


    Hace tiempo que tenía abandonado el blog, como ocurrió muchas veces. Pero es que no encontraba ningún tema para actualizar, aunque los últimos meses han sido muy convulsos. Y ahora descubro que la etapa de ESTE blog ya pasó. Que fueron muchos años con sus alegrías, sus quejas y sus cosas. Que se ha quemado sin que me haya dado cuenta. Y que en breve iniciaré una nueva etapa bloguera ya he iniciado un nuevo blog, porque no puedo dejar de escribir con aire fresco y, espero, las ideas más claras. Os espero allí. Este blog está cerrado por derribo.

     

    Dos ciudades

    Madrid aguarda, pero Sevilla tira con fuerza. Madrid abre ventanas, pero Sevilla derriba muros. Madrid era futuro, pero Sevilla es esperanza. Madrid... Madrid es un mes. Sevilla no tiene fecha de caducidad.

    Pues sí, sirve para algo

    Ay niña, ¿para qué vas a aprender catalán? Qué pérdida de tiempo...

    Sí, sí, desperdicio. Tengo uno, dos, tres... cuatro. Cuatro artículos sobre la narrativa en el videojuego escritos en catalán. Cuatro de ocho que he localizado así a bote pronto. Y tengo que entregar un trabajo para el doctorado sobre la narrativa lúdica y las aventuras gráficas. ¿Quién estaba perdiendo el tiempo?

    Traumas infantiles

    Ésta era una de mis películas favoritas de pequeña. Las otras eran Cobra, Dónde vas Alfonso XII y Los 10 mandamientos. Ahora entiendo muchas cosas... Con estos antecedentes, ¿cómo queréis que no sea así de friki?


       
    Bueno, para contrarrestar, me sabía los diálogos de las pelis de Disney...


    Anochecer...

    ¿Y todavía tienes la osadía de preguntar por qué adoro Sevilla?

    Aquellas grandes cosas...

    textoalternativo

    I. Las dos horas y media de concierto se pasaron volando. Pero fueron increíbles. Llegamos con dos horas de adelanto porque había que coger buen sitio para ver a los dos monstruos, y vaya si mereció la pena. Si hubiese habido orden exacto en la parte de la pista, nosotros estaríamos entre la cuarta y la quinta fila. Al estar de pie, las distancias eran más cortas. Le veíamos hasta las pupilas. Con diez minutos de retraso (se perdona), comenzaron el concierto con Ocupen su localidad y Hoy puede ser un gran día. No pudo haber un inicio mejor. Un esquelético Sabina y un sonriente Serrat nos deleitaron con unas ¿treinta canciones? yo creo que más. Lo mejor del concierto, las caras del Serrat. ¡Qué grande!
    No se dejaron ninguna canción atrás. Bueno, confieso que me hubiera gustado escuchar Paraules d'amor y Ara que tinc vints anys (o alguna de sus variantes, véase Fa vint anys que tinc vint anys o Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys... Serrat y sus trabalenguas), pero lo perdono porque me dejaron  muda durante todo el concierto. Bueno, corrijo. Hoy me he levantado que parecía el enanito de Blancanieves... ni voz tenía. Creo que no había cantado más en mi vida... Pero a lo que iba: dieron un repaso de toda su carrera musical, desde las canciones de los primeros tiempos de Serrat a las más modernas de Sabina, cuadro flamenco con Ruido incluida (¡¡Ruido!! Increíble...). Cuando ya creía que Penélope se quedaba esperando otra ocasión, el Nano se giró y comenzó a contar la historia de la desdichada que esperaba en la estación. El dúo de Contigo,  Serrat cantando Orilla de la chimenea (creo que lo mejor de toda la noche), la  satírica Pastillas para no soñar, Pueblo blanco (con los vellos de punta)... un no parar. Maravilloso, no hay palabras para transmitir las dos horas de música que pasamos. Los diálogos entre Sabina y Serrat en el escenario son  sencillamente deliciosos. Y los ojos de Serrat no tienen precio. Es lo que más me impactó de toda la noche. ¡Qué mirada más entrañable!

    II. No sé qué diario digital (no me he parado a mirar el nombre) me ha jodido el septimo libro de Harry Potter. Por favor, si el que redactó la noticia es periodista, que le quiten el título ya. ¿¿¡CÓMO SE TE OCURRE PONER LA FRASE FINAL DEL LIBRO EN EL TITULAR!?? Gracias por fastidiarme la lectura...

    Expediente X

    Los milagros existen. He aprobado Empresa.

    Duele

    I. Hacía más de un año que no veía a mi profesora de 3º de EGB. Y más de dos (incluso tres) años que no pisaba mi antiguo colegio. Hoy, aprovechando que he ido a comprar el periódico a la hora justa de salir los niños del colegio me he dejado caer por allí para visitar a mi "seño". Es en momentos como ese cuando deberíamos tener un botón para neutralizar sentimientos. Cada paso que daba una vez cruzada la cancela me traía un viejo recuerdo a la cabeza: las botas amarillas de Mickey que me ponía los días lluviosos, los corros en el recreo, los libros de El Barco de Vapor que leía en el recreo (culpables de muchas regañinas por parte de los profesores... y luego se quejaban de los niños que no leían), el patio de la Segunda Etapa que anhelábamos cuando éramos pequeños (y que una vez pasábamos de curso y nos adueñábamos de ese espacio no nos parecía tan fantástico), los partidos alumnos-profesores a final de curso arbitrados por don Emilio, las clases de inglés de don Antonio y la señorita Loli, las clases de tecnología en el cobertizo-laboratorio cutre, las Verbenas de final de curso, las exposiciones de trabajos manuales en el gimnasio, las colas que formábamos en el patio para entrar a clase, la sala del material de educación física que olía a plástico, el laboratorio de ciencias naturales en el que aprendimos a hacer jabón y en el que nunca diseccionamos ranas, el salón de actos en el que año tras año interpretábamos la Baladilla de los tres ríos de García Lorca (seis años haciendo de olivo...), los pasillos llenos de paneles con los Christmas de Navidad, las escaleras para bajar a las clases de tercero, las escaleras para subir a ver el cine cuando nos ponían películas en primero de EGB, los frascos de purpurina de colores con los que le dábamos un estilo rococó a los trabajos de plástica, la losilla del último peldaño de la escalera del pasillo de la clase de parvulitos que tiene forma de conejo (y sigue allí), el inmenso patio del colegio (sólo daba tiempo a dar dos vueltas en cada recreo), el libro de Tano y la trampa de papel, el libro de Borja (¡cómo no!), la redacción que nos mandaron una vez sobre "la invitación a cenar con tu ídolo" (y yo me iba a cenar con José Ramón de la Morena y Manolo Lama...), las discusiones sobre fútbol con los niños de la clase cada lunes, los exámenes de francés de don Francisco Laguardia, los ejercicios quasi-militares de la Asun, el olor a colegio del pasillo (un olor que todavía sigue y puedo recordar cada vez que cierro los ojos), el ruido de las sillas cuando tocaba la campana y teníamos que subirlas encima de los pupitres, el sonido de la sirena de entrada y salida, los cuadernillos de ejercicios verdes para el verano, los cuadernos de Vacaciones Santillana que siempre compraba pero nunca hacía, los cuadernillos de cuentas Rubio, las bolsitas de leche Covap que nos daban de pequeños, las excursiones al zoo de Córdoba, la Alhambra, la Giralda o el Jardín Botánico de Málaga... Las clases de física y naturales de don Miguel, los cuentos de Roald Dahl, las clases de música donde martirizábamos a la profesora y al resto de compañeros con versiones muy libres de Campanitas de San Juan, el informativo sobre Manuel de Falla en quinto, el plástico que usábamos para guardar las notas en las que ansíabamos encontrar un "PA+", el teatro basado en las obras de Lorca que escribimos en segundo de ESO en el que yo hacía de un peluquero gay que se casaba con la niña rica del pueblo y el suegro se moría apenas dicha la primera frase (porque la niña que hacía ese papel nos caía mal y no trabajó nada para hacer esa obra, por lo que decidimos matarla... al más puro estilo de los guionistas españoles. Y por cierto, usaba la corbata y la chaqueta del traje de boda de mi padre...), los Cuentos al amor de la lumbre que nos leía la señorita Dori, los días que tocaba "gimnasia" con don Javier (profe que tenía enamoraditas a todas las niñas del colegio y que luego estudiaba Criminología mientras nosotros hacíamos sus exámenes), las clases de matemáticas de octavo que don Juan nos daba en quinto, el cliché de las fotocopias que la señorita Tere nos preparaba en segundo de EGB, las clases de Literatura de don Jesús en el último año de colegio (y los trabajos sobre Alatriste que tuve que hacer), la señorita Inma vestida de Blancanieves... ¡tantas cosas!

    Cuando iba al colegio eran mis profesores. Hoy son personas a las que admiro profundamente. Porque les debo mucho de lo que soy hoy día. Por eso me emociona comprobar que, muchos años después, los profesores siguen dando clase con la misma ilusión que el primer día. Cosas como esa te reconfortan con el mundo.


    II. Escuchando a Carlos Chaouen: Duele... la vida como un puñal hay veces que duele...

    Un día cualquiera

    I. No me gusta el olor a jabón de marsella. No me gustan las tardes calurosas en las que hay que estudiar. No me gustan los apuntes de Opinión Pública. No me gusta dormirme en la cama viendo una película. No me gustan los vecinos que andan con los tacones puestos todo el día. No me gustan las avispas.No me gusta el alemán. No me gustan las películas de sobremesa de A3 y T5. No me gustan los capítulos repetidos de Los Simpsons. No me gustan las puertas cerradas.

    Me gusta la siesta de 10 minutos en el sofá. Me gusta la siesta que se alarga hasta las dos horas. Me gusta ojear los libros y sentir su olor a papel recién cortado. Me gusta que me llamen cuando en la Feria del Libro ven a mis dos escritores favoritos a menos de 50 metros (Juanjo, fue una sensación de amor/odio en toda regla...). Me gusta que cuenten conmigo cuando hay problemas. Me gusta la espuma del colacao recién hecho. Me gusta abrasarme la lengua con el primer trozo de pizza. Me gusta como suena una guitarra cuando la afinan. Me gusta descubrir una frase impactante en un graffiti. Me gusta pasear por la Barqueta al salir de clase. Me gusta Sevilla de noche. Me gusta mi pueblo.

    II. ¡Tengo trabajo REMUNERADO en verano!

    Pregunta íntma de un profesor cotilla: ¿Usted por qué escribe?

    Escribo porque necesito que alguien me escuche. Escribo porque los personajes que habitan mi cabeza dominan mi mano y la obligan a hacerles bailar. Escribo porque me gusta. Escribo para sentirme útil. Escribo porque Reverte me incitó a hacerlo. Escribo para enamorar a los poetas que me enamoraron una vez. Escribo porque me siento libre. Porque me gusta sentirme Dios por unos instantes. Escribo porque la escritura me hace sentir bien. Por puro narcisismo. Escribo porque es lo único que sé hacer. Escribo porque se me negaron las manos para la pintura y el oído para la música. Escribo porque leí y leo porque escribo. Escribo porque Lorca no pudo escribir más. Porque no sé si mañana podré seguir haciéndolo. Escribo para desnudarme sin que me detengan por exhibicionismo, aunque muestre más que si me quedara sin ropa. Escribo porque odio el silencio y un folio en blanco es el mayor de ellos. Escribo porque no puedo ver un bolígrafo y quedarme quieta. Escribo porque soy una romántica fuera del XIX y muy a pesar de Asimov, esta es la única máquina del tiempo efectiva. Escribo porque sí. Escribo... no sé por qué escribo...

    La fuerza de las letras...


    Nadie dijo que fuera fácil
    Arturo Pérez Reverte

    Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.

    Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

    Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

    El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

    Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.


    =================
    Gracias, don Arturo, por darle un poco de luz a estos días.

    ¿Ahora quién...?

    Me levanto a desayunar y busco algo interesante en televisión mientras aprovecho esos 15 minutos de descanso. 43 canales en televisión (5 de ellos hoy no se ven) y ninguno tiene nada digno/interesante que ofrecerme. Acabo en telecinco, y entre mordisco a la magdalena y sorbo del vaso de colacao analizo al personal: un presentador, dos GrandesHermanos, un Conde (que hoy día estos tres parecen compartir título nobiliario), la cuñada de una folklórica, la ex de un torero... y lo mismo te hablan de los polvos que Pipi echó con la modelo nueva con la que sale que del accidente de autobús en Madrid...
    ¿Y quíen se pone a estudiar Gabinetes ahora? Creo que si contara que esta Semana Santa vi a Pipi me ahorraría dos años de estudio y estaría trabajando ya... Deja de pensar tonterías.

    Recojo los restos del desayuno y apago la tele. Y luego me dicen que El resplandor es una película de terror. Que prueben a poner las tertulias de la mañana...

    Libre

    Domenach, Cruzadas y propaganda de guerra, corresponsales. Las tres cosas más bonitas que me habían dicho en la vida en un examen. Información y propaganda ha sido la mejor asignatura de la carrera. Ahora, tres meses de relax. Por fin. Alfonso y Joaquín me dieron mucha suerte en mis últimos exámenes.

    Días...

    Hay días en los que te dan ganas de mandarlo todo al carajo. Días "soy-una-manzana", como los llamo desde que hace poco escuché esa canción de Álvaro Laguna. Días en los que no haces más que repetirte que qué pasa... que por qué, que para qué. Y para superarlos, nada mejor que unas cañitas con los amigos, una guitarra y una letra. Que lo dice todo por tí:

     

    No estarás sola,
    vendrán a buscarte batallones de soldados
    que a tu guerrilla de paz se han enrolado.
    Y yo en primera fila de combate
    abriendo trincheras
    para protegernos, mi guerrillera.

    No estarás sola,
    te saludarán a tu paso en mil idiomas, con mil lenguajes,
    la gente a la que despertaste en cada viaje,
    los que dormían en las calles,
    a los que preguntaste,
    por su esperanza, por su desastre.

    No habrá distancias
    que no cubra cualquier hombre que te busque.
    No habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie.
    No habrá misterio o duda en que tu presencia no luzca,
    faro solidario en ausencia de paz,
    en tiempos difíciles Estrella Polar.

    Sola nunca, nunca estarás.

    No estarás sola,
    siempre habrá quien se parta en dos en cada despedida,
    quien te de aliento cuando te des por vencida.
    Tu revolución llenará sonrisas,
    yo la incorporé a mis aperos
    de trabajo, a mi vida.

    Clava hoy tus raíces en mí.
    Quién pudiera retenerte en Madrid.
    Visitaremos lugares a los que hemos
    ido antes juntos,
    antes de conocerte,
    antes de encontrarte.

    No estarás sola,
    siempre habrá quien te ayude a hacer las mudanzas,
    quien te regale manos flores presencias sin pedir nada.
    Y allí estaré para amarte,
    y aunque no esté,
    allí estaré para amarte.

    No estarás sola.
    No, no estarás sola.
    No estarás sola.

     

    Qué grande es Ismael...

    Manias

    El mp3 en el bolsillo derecho de la chaqueta, o en su defecto, en el bolsillo exterior del bolso, siempre a la derecha. Las llaves del piso en el bolsillo, también derecho, pero del pantalón. Un boli rojo, en su defecto azul. Nunca negro o verde. La libreta pequeña, siempre abierta por alguna página en blanco. Necesito diez minutos entre que me despierto y salgo de la cama. Siempre me levanto cuando en el despertador hay una hora exacta de cinco en cinco minutos (es decir, a y cinco, y diez, y media... nunca a "y veintisiete o a y cuarenta y tres...") El carnet de la biblioteca pública delante del dni y detrás del universitario. El bonobús en el bolsillo trasero derecho del pantalón. Llamo al autobús levantando la mano izquierda. Siempre me quito el auricular derecho del mp3 y lo meto en el cuello de la camisa si tengo que hablar con alguien y voy escuchando música. Hago el camino más largo desde la Barqueta a mi facultad, aunque sé que hay un atajo que me ahorraría más de cinco minutos. Me paro en el puente para ver la Giralda al fondo, aunque sé que apenas si se ve la punta del Giraldillo. Y después me vuelvo a mirar al Alamillo. En los autobuses de Sevilla, si me puedo sentar, busco ir mirando a la ventana. En los que van de mi pueblo a otro sitio, siempre me siento en en lado del conductor: si voy sola en ventanilla, si voy acompañada en pasillo. Duermo en el filo de la cama, pegada a la mesilla de noche. Me siento a comer en el lado izquierdo de la mesa. No puedo limpiar sin música. En clase siempre segunda fila en la esquina del centro. Nunca tomo apuntes con otro color que no sea el azul. Lo apunto todo en la agenda, aunque luego se me olvide mirarla. Tengo, mínimo, tres libros en la mesilla de noche. No más de 21 iconos en el escritorio y nunca repartidos en más de tres columnas. Hoy me senté es la última canción que escucho antes de presentarme a alguna prueba. Y siempre que me examino llevo la cejilla de la guitarra. En el bolsillo izquierdo. Si no hay bolsillo, en la mano izquierda. Nunca corrijo nada después de firmar el examen. Discos-Libros-Películas-Juegos de ordenador es el recorrido en el Corte Inglés de la Plaza del Duque. Si voy a comprar un pantalón rojo, busco un pantalón rojo y punto, soy incapaz de pararme a mirar toda la tienda. Casablanca, vaya donde vaya, en el bolsillo del maletín del portátil. Siempre entro al Parque de Maria Luisa por la Glorieta de Bécquer. Nunca voy iba a los conciertos de los martes en autobús, aunque fuese tarde. Antes de acostarme, me siento junto a la ventana a mirar a la calle.
     
     
    ...pero vamos, que no soy la única...

    Pelirrojos

    Le tengo un cariño especial a los pelirrojos. La gente suele tenerle coraje, pero a mí me caen bien. Serán reiminiscencias de cuando era una niña. En mi infancia hubo tres pelirrojos: Teo, Borja y mi amigo Rodrigo. A Teo lo vi hace poco en un quiosco de la Plaza de los Terceros. Sigue igual que siempre, solo que se había vendido al capitalismo de los coleccionables. Me decepcionó un poco. Rodrigo sé que sigue viviendo en mi misma calle y que sale por ahí de vez en cuando, porque algunos sábados por la noche me lo cruzo por la calle sin saludarnos... De Borja nunca más se supo. Y es algo que echo de menos. Sus guantes con caritas en los dedos, su chubasquero amarillo, su madre y el abrigo azul que olía a manzana, el osito Pancete...
    Es triste la nostalgia, sobre todo en época de exámenes. Había olvidado a los tres. Olvidar a Teo y a Borja... al fin y al cabo eran personajes irreales. Pero lo del otro pelirrojo me parecía serio. Mi compañero de la mesa azul en párvulos, tantas tardes jugando corriendo de una casa a la otra... Y de pronto me vienen a la mente los demás. Todos aquellos compañeros de clase, algunos amigos, de los que en la inocencia de la infancia se creen inseparables... de los que me acuerdo con nombre y apellidos como si no hubieran pasdo los años...
    Hace tiempo que me ronda la idea de reunirlos a todos. Los de primaria. Los que nos tiramos casi siete años en la misma clase. Creo que no tengo contacto directo con ninguno. Poco a poco fueron cayendo en la trampa de la distancia. Y del "no nos separaremos" pasamos al "ya nos llamamos"... y de ahí al "hola cuanto tiempo" hasta que finalmente, las tardes nostálgicas nos traen el recuerdo. Es duro mirar atrás y ver lo que fue y lo que es hoy. A veces los veo por la calle pero no sé si ellos me recuerdan a mí. Y entonces desisto de mi idea.
    Será por ello que llevo unos meses buscando a Borja. Será que tengo la certeza de que él no me va a traicionar. Que cuando lo encuentre seguirá con sus miedos y sus bromas, con su chubasquero y su osito. Y si alguien lo encuentra... que le dé recuerdos de mi parte. y me diga dónde compró el libro

    Mi generación...

    Sigo desempolvando cajas llenas de recuerdos que hieren, pero que me traen a la mente tiempos que, como diría Manrique, siempre fueron mejores. A mí no me lo parecen. Son... distintos, pero no mejores. No cambiaría los 20 años que tengo y que he vivido por nada, aunque a veces el agobio me haga pensar aquello de "quien volviera al insittuto". El otro día me recordaron un libro de Roald Dahl que me encantó: El gran gigante bonachón. Fue uno de los libros que más me gustaron, que más releí... y lo había olvidado completamente. Pero de pronto lo recordé todo: el papel reciclado de sus hojas, el olor peculiar que tenían, el cariño con el que lo forré, las noches que soñé que el gigante viniera a mi casa a traerme buenos sueños... Y hoy me puse a buscarlo y de entre las cajas llenas de libretas viejas, de recortes de periódicos antiguos, de peluches ajados... y no apareció. Pero encontré otros. Una colección de libros parecidos a la serie blanca del Barco de Vapor, de diez títulos distintos entre los que estaban El huracán machacapalabras, La chicharra gritona, Las traviesas letras de Eva... tantas y tantas historias que se habían quedado en un rincón oculto de mi memoria. Y de pronto recordé La historia interminable, Momo, El secreto de Lena y El largo camino hacia Santa Cruz de Michel Ende. Y tantas otras historias. Y Roald Dahl... y Gianni Rodari y Sierra i Fabra...
     
    Y después recordé los juegos de manos, el "Don Federico perdió su cartera...", "En la calle-lle venticuatro-tro...", los juegos de la goma en las tardes de verano, con amigas o con dos sillas sujetando el elástico, las canciones del corro, el Juan le dijo al cura, Soy capitán de un barco inglés, Han puesto una librería... Canciones que se escuchaban todos los días en el recreo del colegio y en los parques donde apenas nos juntábamos cinco niños. Niños que reían que eran felices con nada. Que con dos columpios y un tobogán se montaban un palacio, un foso y rescataban princesas y luchaban con dragones. Que jugaban, se caían, lloraban... Niños que vivían. Que aprendían a leer con Borja y Pancete. Que cuando tenían que hacer un trabajo acudían a una enciclopedia de papel, en la biblioteca del pueblo. Y que ya que estaban allí, investigaban en los estantes y leían las historias de Tano y su muñeco de papel. Y volvían al día siguiente para leer a Astérix. Niños que en verano, se hacían los dormidos a la hora de la siesta y esperaban a que sonara al fondo de la calle el ruido de la Vespa del señor de los helados.
    Mi generación es la que nació con los Mundos de Yupi, creció con Los caballeros del Zodiaco, Mofli, Ferdy, el Barrio Sésamo auténtico (el de Chema y Espinete... y no el del bicho azul y la muñeca amarilla prototipo de los Lunnies...)
    Una generación que conoció internet en la adolescencia. Y que ya nada volvió a ser lo que era.
     
    Miro hacia la calle... y no hay críos. Los niños de hoy aprenden antes a utilizar el ratón que a leer... Dan miedo esos pequeños monstruos informatizados...

    Desconcierto...

    Hace un par de días hablaba sobre Madrid con alguien. Para mí, Madrid es una ciudad fascinante, llena de historias, de vidas que se cruzan, de magia... Quizás hablo desde el desconocimiento, desde la emoción que me contagian todos los que hablan así de esa ciudad. Y me decía que cómo, viviendo en Sevilla, podía gustarme Madrid. Es un amor irracional, a lo desconocido, a una ciudad idealizada...
     
    Pero es cierto que cada día, Sevilla se cuela un poco más en mí. Hace unos días me maravillaron los Alcázares, de noche, el silencio roto tan sólo por los grillos y el agua de las fuentes... Un silencio que te transportaba muy, muy lejos. Muchos siglos atrás. Al poco tiempo, en el macro-mega-super concierto de los cantautores sevillanos, Manuel Cuesta dijo una cosa que se me quedó grabada. Fue una frase normal, sin más significado que el que tiene: "Os juro que desde que he pisado el andén de Santa Justa estaba oliendo a azahar". Me pilló con la guardia baja. Se quedó pululando por mi mente sin que me diese cuenta. Hoy, leyendo algunos de los textos de su web, intentando conocer más a este cantautor que se me escapó (una vez más... llegué muy, muy tarde), me ha transmitido una sensación extraña. Habla de una ciudad que apenas conozco. Y he sentido pánico. Tres años viviendo en una ciudad extranjera. Tres años sin conocer más que el camino que me enseñó la rutina de los primeros días...
     
    La Sevilla que me espera se abre ante mí con una luz especial. De este año no pasa que me patee todas las calles y todos los rincones. Serán las circunstancias de las últimas semanas, será que la primavera me aumenta el nivel de nostalgia, pero llevo apenas tres días fuera y ya echo de menos los pesados viajes en autobús hasta llegar a la facultad, asomarme a la ventana de noche, con esa luz amarilla, irreal y casi surrealista que dan las farolas a mi calle; pasear por el centro de Sevilla y acabar, como siempre, sin darme cuenta, en la Glorieta de Becquer o a los pies de la Giralda.
     
    Llevaba razón Reverte en la nota al principio de La piel del tambor: "Nadie - decía - puede inventarse una ciudad como Sevilla".

    Tarde narcisista...

    Llevaba casi un mes en Sevilla. Entre trabajos, conciertos de uno y de otros... al final me he tirado tres semanas largas sin volver a casa. Y hoy, andando por el centro de mi pueblo me han sorprendido por la calle en plan famoseo... para decirme que les gustó mi libro. Más de un año después de la presentación... Me ha halagado, yo que venía de comprar el último de Reverte y de pronto se me acerca un chaval (bueno, yo le digo chaval a cualquier edad) y me dice "oye mira que nada, que leí tu libro y me gustó..."  Son cosas como estas las que te levantan el ánimo de vez en cuando. Porque bueno, un amigo te lo puede decir por compromiso, pero un desconocido que te para por la calle...
     
    Tengo mil ideas en la cabeza y unas ganas tremendas de escribir... Para las fotos soy un desastre, pero para otras cosas... parece que no Necesito una habitación más grande para que entre mi ego... :D
     
     

    Me gusta...

    La lluvia en el pelo, los charcos en el suelo, el olor a tabaco en la ropa, pasear por la Cartuja cuando salgo de clase, sentarme en la ventana y ver llover, los martes en El Perro, las clases de Liñán, la radio en la cama, el sonido de las hojas de un libro nuevo, perderme entre las estanterías, las canciones de Ismael, y las de Carlos, y las de Joaquín, y las de César, y las de otros muchos, su acento, el estado de duermevela en el que muchos sueños se cumplen, despertar en mitad de la noche y ver que aún quedan tres horas más de sueño, los sábados de cine, los jueves de juerga universitaria "rollo tranqui", sentarme en el parque y no pensar en nada, leer un buen libro...

    ...y nada de ello necesita el alcohol.